La primera derrota de Trump (análisis especial)

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donaldtrump1. Partida y contrataque

Cuando Donald Trump asumió el mandato presidencial el 20 de enero, lo hizo como si John Wayne y los suyos, sombrero puesto y pistola en mano, anunciaran con palabras y con actos la llegada del nuevo sheriff al desértico condado en el oeste. Y por lo visto tiene más que ver con las películas que con el árido y antipático terreno de la realidad.

Tras un discurso que vale calificar de histórico, donde se señalizaba un nuevo viraje en la política norteamericana, puesto que anunciaba una era en que la nueva Estados Unidos “volvería” a erigirse centro de irradiación de un modelo de prosperidad y no se ocuparía en imponerlo expedicionariamente como había hecho hasta ahora, el cambio de dirección era la insignia.

De inmediato, y repitiendo el estilo agresivo, tanto en el tono como en las acciones de campaña, la nueva administración comenzó a emitir órdenes ejecutivas y memorandos presidenciales que drásticamente estremecieron el tablero político interno a proporciones nunca vistas, poniendo las expectativas globales en vilo.

Más o menos las primeras dos semana fueron rounds ganados a la continuidad del establishment saliente, descolocándolo sobre el ring y enfilando duro hacia el cumplimiento de las principales promesas de campaña (control de fronteras, reforma migratoria y del sistema sanitario, cambios en las relaciones internacionales y comerciales) arrastrando polémicas brutalmente reales y descaradamente imaginarias, el gabinete Trump confundía las costumbres políticas y parecía como si fuera a triunfar con sus acometidos.

Mientras tanto, el otro frente del campo de batalla se reorganizaba y ponía en ejecución el Plan B (doña Hillary, como Plan A, fue un estrepitoso fracaso). Y en menos de un mes, el brutal contrataque se hizo sentir.

La santa alianza Partido Demócrata (casi en pleno)-establishment del Partido Republicano-medios de comunicación mainstream (CNN a la cabeza)-CIA/comunidad de inteligencia, redujo al proyecto mesiánico de Team Trump a una triste caricatura, disminuyendo a su nuevo presidente ante su país y ante el mundo.

El mar de fondo que provoca los embates de los verdaderos poderes detrás de los frentes institucionales, se mueve con fuerza en una refriega descomunal en la disputa de las esferas de influencia de la elite gringa, mientras que abajo, las corrientes profundas de la misma mar también comienzan a expresar la violenta división que, unida a la guerra de las élites, componen un explosivo e incierto cuadro general.

La línea maestra que describe el muy complejo choque de vectores políticos (e ideológicos) la refleja la política exterior y la preterida recomposición de vínculos con la Federación Rusa. Así se confundan muchas de sus aristas en la refriega, es esa dinámica el centro de la batalla, y alrededor de ella es donde de forma más generalizable se delimita el teatro de operaciones. 

Puesto que ahí se concentran y entrecruzan todas las visiones geopolíticas, y las prácticas militares y comerciales que por sí mismas han constituido el modelo de acumulación de riquezas de los últimos años, cuya vía suprema de alcanzarlo es el modo de hacer la guerra de intervención que se ha establecido desde hace décadas.

2. El estado profundo una vez más: mínima definición operativa

No son los actores y elementos los que por sí mismos definen la situación, sino el juego de interrelaciones entre ellos.

Y si lamentablemente este artículo no da para explayarse en detalles, es imposible describir el campo de batalla, así sea a grandes rasgos (y una vez más), sin tomar en cuenta desde donde se desarrolla el acoso y derribo contra una sección de la administración Trump: esa entidad que llaman “estado profundo”, que hoy pareciera emerger a plena vista, y que incluso en el actual contexto político-mediático ya crea simpatizantes contra rivales.

  1. En un primer plano no es más que una estructura. El estado profundo es el aparato burocrático-institucional del Estado per sé. La maquinaria del sistema que siempre marcha, continuamente, a pesar del cambio de un gobierno a otro. En teoría, compuesto mayoritariamente por funcionarios de carrera. Lo que de suyo hace un grupo social. En tanto armazón no es algo exclusivo a los Estados Unidos. Para seguir organizando el asunto se puede definir como el continente, la infraestructura que dependerá de la sustancia (política) que contenga.
  2. Pero en un segundo plano (no menos importante), estaría lo que pudiéramos definir de una vez como el contenido. El signo político que le otorga sustancia al estado profundo. Entiéndase como los grupos de poder que actúan a partir de esa base, esa osamenta. Y aquí sí entramos en el asunto de quién controla y opera desde ese lugar político. Y cuáles son sus intereses. Cuál es la dinámica interna, que ni es monolítica ni uniforme, sino laberíntica, así su apariencia externa sea “piramidal” (usando el adjetivo que le atribuyó Pasolini al Poder puro y duro).

A veces despachada como categoría conspirativa sin ir muy lejos, no olvidemos que quienes hacen eso son los mismos medios que aseguran que el Kremlin controla al presidente recién electo de los Estados Unidos, los mismos que relativizan o actúan escépticamente en relación a dicha entidad, para que también resumamos de una vez el principio de sospecha dentro de todo esto.

Así llegamos entonces a un sistema de relaciones que amplía el campo operativo de los elementos del poder concreto dentro del imperio (a Trump también lo apoya un sector dentro del estado profundo, que si no, no llega a la presidencia), extendiéndose hacia otras áreas de acción como las corporaciones mediáticas (el mainstream), el universo de los think-tanks encargados de influenciar/moldear las decisiones del gobierno sobre todo en política exterior, el cabildeo corporativo y el control de figuras dentro de las instituciones a favor de una agenda específica, y de acuerdo a su propio sistema de señales.

Y son los grupos neoconservadores en llave con los grupos liberales/totalitarios los que controlan grandes segmentos del estado profundo, desplegando una enorme y poderosa capacidad operativa que no sólo se limita a los asuntos internos, sino que se despliega en el corretaje global y representan el imperialismo de las “intervenciones humanitarias” y de la lucha contra el terrorismo. Son los que dirigen la carga contra la administración Trump. Son un gobierno paralelo del que la CIA y la comunidad de inteligencia son un componente central.

El esquema de funcionamiento e intereses que ha signado las formas políticas que desde ahí inciden sobre la política oficial había permanecido casi inalterado desde la primera Administración Clinton en los años 90, y con el tiempo su predominio como tendencia fue in crescendo, asentándose dentro de las estructuras del Estado y el gobierno. 

Y si en los períodos de transición entre un gobierno y otro, presuntamente se vendía como un virtuoso proceso de intercambio entre viejos y nuevos cuadros, es más que un dato anecdótico el salto adelante que se dio con la primera administración de Bush hijo, en la que con los cuadros que ingresaron, cuentan, no existió dicho proceso sino por el contrario los nuevos funcionarios trataban a sus predecesores como el enemigo, en lo que se entendió como un golpe silencioso, y la acentuación de la agenda neocon que le quitaba lo que tuviera de neutralidad profesional.

Lo fueron ideologizando de acuerdo al trastornado mantra que ha hecho que no existiera diferencia alguna (salvo en el agravamiento) entre el republicano y reaccionario Bush hijo, y el demócrata y presuntamente a la izquierda Barack Obama.

Producto de esto, también, se derivó otro fenómeno: el crecimiento exponencial del aparato de vigilancia, a tal punto que algunos lo llaman “la cuarta rama del Estado, el de la Seguridad Nacional” (siendo las otras tres la clásica división de poderes del estado, el ejecutivo, el legislativo y el judicial).

El estado ultrapolicial que Misión Verdad ha analizado como tal desde 2014, y que supera, en su reflejo social, hacia abajo de la cúpula, en una situación histórico-social que de largo supera y rebasa el cuadro específico de la coyuntura política del momento. Y que de ella, ahora, se alimenta.

En todo caso, esta es la guerra que permea a todas las arterias y nervios del cuerpo del poder gringo. Y son ellos los que disparan contra Trump, en una demostración que dista de ser un “fuego amigo” accidental, y ya luego de la última semana, pareciera pasar a una franca y abierta guerra de posiciones. Con Trump inc. en retroceso y perdiendo terreno.

3.  Auge y (veloz) caída de Michael Flynn

Que así lleva por nombre el retirado Teniente General que signó las acciones de la guerra interna, cuando los poderes arriba mencionados fueron en cayapa contra él las últimas semanas, en un blietzkrieg político y massmediático que se coronó con el defenestramiento y su salida del gobierno como Consejero de Seguridad Nacional, la noche del 13 de febrero.

Su renuncia, y la aceptación formal de la misma por Trump, anunció el momento de avanzar sobre el nuevo gobierno con toda la carga, y mucho tiene que ver el perfil del hombre que con mayor visibilidad que cualquiera encarnaba esa voluntad de transformar a la comunidad de inteligencia (en primerísimo lugar a la CIA) y el Mando Conjunto de Operaciones Especiales (el JSOC, por sus siglas en inglés), reestructurándolo y reubicándolo bajo control y escrutinio del poder ejecutivo, de la Casa Blanca.

Flynn es una de las figuras contradictorias que componen el núcleo duro del equipo de Trump. El cargo que se le había asignado es de elección exclusiva del Presidente, no pasa por la ratificación del Congreso, y representa una de las investiduras políticas de peso, encargadas de toda la política alrededor de la seguridad interna y externa del país.

Talentoso outsider que no provenía de la oligarquía de las grandes academias, reconocido en términos militares como uno de los cuadros de mayor profesionalidad y talento de todo el estamento, mediocre en términos ideológicos (el mejor ejemplo su desembozada iranofobia), pero no menos lúcido (fuera de eso) en cuanto a la comprensión del momento y el qué hacer pragmático frente a la mayoría de los grandes temas (excluyendo la cuestión iraní).

Fue director de la Agencia de Inteligencia de la Defensa (la DIA) y jefe de inteligencia del Jsoc. Comprende muy bien la situación interna. Sustentó los señalamientos de Trump en campaña sobre Obama y Clinton detrás del Estado Islámico, habiendo permitido su desarrollo y crecimiento.

Flynn, en toda su complejidad y altibajos, era el más claro representante de la idea de normalización con Rusia y del replanteamiento del aparato de seguridad, en especial la CIA, fuera de control y actuando como un poder paralelo. Su contradictoria posición respecto a lo que él define como “radicalismo islámico” exgiría hilar más fino.

Lo cierto es que nunca disimuló sus relaciones extraoficiales con figuras del gobierno ruso (compartió mesa en alguna cena de gala con el presidente Putin), como tampoco la necesidad de reformar el aparato de inteligencia, y es entre estas dos situaciones de tensión los vectores para entender la jugada. Y el porqué Flynn era el primer objetivo en el acoso y derribo contra el entorno político inmediato de Trump.

Por su cargo y por sus relaciones, era el operador punta de lanza en el complejo y delicado proceso de reseteo de las relaciones entre la Casa Blanca y el Kremlin, toda vez que también vino encargándose de correctivos sustanciales (según dicen preparó la llamada telefónica con el presidente chino Xi Jinping), también debutando estúpidamente “advirtiendo” a Irán sobre sus acciones.

Su salida tras apenas 24 días desde su designación, en forma y fondo, narran el golpe certero contra los planes del nuevo gobierno. Y vino luego de semanas de criminalización, difamación y operaciones mediáticas.

Flynn es acusado de haber hablado por teléfono a finales de diciembre con el embajador ruso en Washington, Sergei Kislyok. Según la especie, a nombre de la nueva administración que todavía no asumía y sin haber sido designado en su cargo (ilegal de acuerdo a la Ley Logan), sobre la posibilidad de levantar las sanciones estadounidenses contra Rusia.

En un primer momento, el vicepresidente Mike Pence señaló haber sido informado por Flynn sobre dicha conversación. Para luego desdecirse ante los medios al señalar que el flamante Consejero le había “ocultado” parte de la conversación.

Pero el repentino cambio de posición no provino de la nada, puesto que los medios, con el Washington Post a la cabeza, filtraron partes de la supuesta conversación. Filtraciones suministradas por “fuentes de inteligencia”, que replantearon las declaraciones del vicepresidente y que forzaron a Flynn a firmar su denuncia, que Trump aceptó, y que no ha dicho (hasta ahora) nada al respecto.

Como bien ha sido señalado, fue una “campaña altamente orquestada entre oficiales de inteligencia, los medios y algunas personas dentro de la Casa Blanca” según palabras del portal Moon of Alabama. 

Y aquí es donde de una incorrección política aparente pasamos directo al golpe. El hombre que ocupa el principal cargo en materia de seguridad es prerrogativa exclusiva del presidente estaba siendo espiado telefónicamente, y sus conversaciones, en otro despropósito legal, fueron filtradas a los medios de comunicación que en consecuencia proyectaron la campaña e intoxicaron aún más la escena.

Flynn, por otro lado, señala no haber mentido al Vicepresidente aunque no negó omitir algunos detalles, pero sostiene no haber hablado de ninguna manera sobre las sanciones y a nombre de la administracion entrante.

Las llamadas se dieron, además, poco después de que el presidente Obama expulsara a 35 diplomáticos rusos sobre la base de haber “influido” en las elecciones de noviembre. Perfectamente podría tratarse de una señal informal de buena voluntad pensando en el mediano plazo, control de daños si se quiere, pero nunca algo oficial. Muchos se apoyan también en el dato de que no hubo respuesta oficial por parte del Kremlin producto de las expulsiones.

Pero eso ya no es lo que dijeron los medios, Trump no salió en ningún momento en defensa de su cuadro, Flynn está fuera de Team Trump y finalmente, mientras que se enrarecen las posibilidades respecto al contencioso ruso, los medios y actores políticos del bando contrario avanzan. Y, bajo el mismo impulso, y tal vez la verdadera razón de fondo, se suspende la reforma de la comunidad de inteligencia.

Pero la maniobra como tal, y es una opinión bastante consensuada, representó un golpe suave (y palaciego). Una señal de la debilidad de las instituciones y no su fortaleza para algunos, una disrupción del sistema (filtración de conversaciones de un alto funcionario espiado, un “asesinato político”) para otros, una victoria del estado profundo dicen en otro lado y un atentado contra el intento de cambio y mejora en las relaciones con Rusia: la línea incruzable para los rusófobos neocon y compañía. 

En el paisaje general de la política interna estadounidense, esta misma semana fue rechazado por el poder legislativo el Secretario de Trabajo postulado por Trump, Andrew Puzder, una decisión esperada y al parecer saludable, pero no menos cargada de timing.

Puesto que inmediatamente después, el vicealmirante retirado Robert Harward declinó la oferta presidencial de ocupar el puesto de Flynn. Por las razones que sean, también puede pasar por una imagen simple que dice bastante. O así le agrada venderlo al principal archienemigo de la presidencia Trump: CNN.

Pero lo preocupante de la maniobra, que va más allá de si Flynn mintió o no, es que al centrar los medios la noticia sobre el dudosísimo “acto de traición” con el cual Flynn es y ha sido sentenciado, mientras ya bailan sobre su cadáver político (que lo diga Hillary), y no el hecho de que sectores de la inteligencia espían y diseñan un golpe blando en el seno de la Casa Blanca.

“La Casa Blanca está siendo atacada por elementos internos y de la comunidad de inteligencia, que están intentando elevar las tensiones entre Rusia y los Estados Unidos, y detrás de eso lo que hay es dinero, es una agenda para que algunos lo ganen de ese conflicto, a cualquier nivel”.

Palabras emitidas por el ex senador del Partido Demócrata Denis Kucinich a Fox News al día siguiente de la defenestración, que por lo visto sí ve más allá de la cortina de humo y pone en el centro de la guerra, tal como decíamos al principio, a la política exterior. Las relaciones con Rusia como el epicentro de la guerra. Y el negocio de la guerra fría como evidencia.

Finalmente, en el plano macro, todo esto se traduce en un freno y retroceso sobre el campo crítico de la política exterior. Para que mantenga el curso actual y se cancele cualquier posibilidad de reforma, redirección o repliegue estratégico.

Esa maniobra es de amplio espectro, y al decir Rusia se dice automáticamente las otras prioridades: China, Siria y el resto del mundo árabe, Irán y Venezuela. Así también se traducen los tiempos de maniobra del lobby que logró instalar (mientras que no se demuestre lo contrario, ahora cosa casi imposible) en el remozamiento de la ronda de sanciones contra Venezuela, y la aceleración de la agenda disruptiva contra el país, dejando de lado ahora sí al Vaticano y reactivando los dispositivos de la intervención política directa y la desestabilización indirecta.

Que Trump todavía se encuentre en capacidad de contratacar o revertir algunos de los significativos reveses de esta semana (a lo que debe agregarse la parálisis judicial a su reforma migratoria), es un asunto que está por verse. Que eso incida o modifique algo la política bipartidista del legislativo contra Venezuela, se torna aún más remoto.

CNN celebró como una victoria la caída de Michael Flynn, admitiendo por mampuesto que están en guerra contra la Casa Blanca. Curiosamente, ahí se encuentra un enemigo en común.

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